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31 ene 2010

Desinformación


Si el Líder dice de tal evento "esto no ocurrió", pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva me preocupa mucho más que las bombas.

George Orwell.

11 jul 2009

Estorbando a 70 Km/h

La nueva moda, altamente recomendable por varios motivos que se exponen a continuación, del manual del ecologista, o del simple conductor concienciado con el problema energético y el cambio climático, es ir estorbando a 70 Km/h por la carretera. Efectivamente, a 70 Km/h el consumo de combustible es aproximadamente la mitad que a 100 Km/h, pero no se tarda el doble en llegar a destino: se tarda solamente 1,42 veces más que a 100 Km/h.

De forma tal, que si usted circula siempre a 70 Km/h, los depósitos le van a durar el doble.
Este hecho, por sí mismo, es interesante a nivel individual como medida de ahorro y eficiencia.

Si uno consume la mitad de combustible, no solo ahorra dinero: también reduce en la mitad su contribución individual al efecto invernadero responsable del cambio climático. E insisto, solo tarda 1,42 veces más: por ejemplo, en lugar de tardar una hora, tardas una hora y veinticinco minutos. O en lugar de tardar media hora, tardas 42 minutos (y encima es más probable que llegues entero).

Pero es que la cosa no acaba aquí: la mayor parte de los conductores superan ampliamente esta velocidad en sus desplazamientos, de forma tal que si se encuentran con un vehiculo delante que va a 70 Km/h no les queda mas remedio que ponerse a 70 ellos también, hasta encontrar un hueco en el que poder adelantarle. Es el llamado "efecto cadena".
Yo mismo he hecho el experimento, y me he sorprendido de la rapidez con la que se encolan hasta 10 coches detrás. Efectivamente la cara con que miran cuando consiguen adelantarte no refleja simpatía precisamente, pero el caso es que no existe en la legislación de tráfico, ni en las señales, ninguna norma que imponga una "velocidad mínima". Más bien al contrario: en muchas situaciones el límite de velocidad máxima, es cercano a 70 Km/h, aunque buena parte de los conductores se pasen esta norma por el forro de los culebrones.

Así pues, si por cada conductor que va a 70 voluntariamente, se fuerza a 10 conductores a ir a 70 involuntariamente, entendemos que este conductor concienciado, está ahorrando con su actitud solidaria, dinero, energía y efecto invernadero a los otros 10, en la misma medida que él: es decir, el doble de rendimiento.

Cierto es que no esta del todo bien disponer del tiempo de los demás, pero desde luego no hay ninguna norma que lo impida. Además, según los números, aunque les ahorres la mitad del combustible, (y de contribución contaminante), no les consumes el doble de tiempo, sino solamente 1,42 veces más.

De forma que la iniciativa es interesante por varios motivos: reduce el consumo individual y colectivo, reduce el efecto invernadero, ahorra dinero y energía, multiplica el rendimiento energético (en España el 40% de la energía que se consume es en transporte, y con esta medida se puede reducir fácilmente a la mitad, con que solo un 10% de los conductores la adopten), y además reduce el número y la peligrosidad de los accidentes: A 70 Km/h no solo es mas fácil reaccionar ante un imprevisto con éxito, sino que si no hay éxito, el golpe es mucho menor.

Esta iniciativa es de las que da en las mismas narices al sistema: a los petroleros no les va a gustar nada que la gente compre la mitad de gasolina para hacer lo mismo (con lo cual se reducirá el precio para estimular el consumo), y a los jóvenes alienados con el esquizofrénico mensaje televisivo (por un lado uno de cada tres anuncios vende coches, velocidad, éxito y libertad en un solo paquete, pero por otro los poderes públicos avisan de que no debes correr y de hecho te lo prohíben, acicate increíble, esta prohibición, para la mente rebelde de los jóvenes), les obliga a aguantar la cola a 70 Km/h, a concienciarse, consumir y contaminar menos, y a provocar muchos menos accidentes y menos graves (uno de cada tres accidentes mortales implica a un joven conductor).

Desde mi punto de vista, lo más curioso del asunto es el "efecto cadena" que se observa.
Si no tienen prisa por llegar, practíquenlo: es una forma de insumisión viaria totalmente legal, (incluso diría que necesaria y urgente en los tiempos actuales) y no esta constreñida a ninguna fecha o lugar.

28 jun 2009

Antonio Escohotado

Un discípulo se acercó un buen día a su maestro el rabino para decirle: "maestro, estoy pensando en hacerme monje, ¿qué me aconsejaría usted?"
A lo que le responde el rabino: "¿no te basta con la cantidad de prohibiciones que tiene la ley para añadirte otra, subnormal?

24 jun 2009

El fútbol como manifestación del capitalismo


Por Francisco Umpiérrez Sánchez.


Cuando se observa la cantidad de personas que se mueven en torno al fútbol, el tiempo que le dedican, la pasión e interés que ponen en ello, uno no puede dejar de pensar cómo se podría cambiar el mundo si esta enorme energía de masas se empleara para fines más trascendentes: acabar con la pobreza, las guerras, las discriminaciones, etc. Pero esto no sólo sucede en el fútbol: se observa también en las celebraciones religiosas y en los eventos musicales. Hay ahí unas enormes energías de masas empleadas, no para transformar el mundo, sino para divertirse y enajenarse. Esto nos da una idea de hasta qué punto la irracionalidad domina nuestras vidas y cuánto derroche, no sólo material sino también espiritual, se produce en los países supuestamente más avanzados y civilizados del mundo.

Marx decía del capitalista que su mentalidad era de tal modo que en todo, absolutamente en todo, veía un negocio. Y para que todo se transforme en un negocio, todo debe transformarse en mercancía. Y esto ha sucedido con el fútbol. Antes el fútbol estaba en manos de sociedades deportivas y no se producía como mercancía. Pero todo cambió: los clubes de fútbol fueron transformados en sociedades anónimas y el fútbol empezó a producirse como mercancía.

Ha sido una gran victoria de la propiedad privada y del capitalismo sobre la propiedad pública y el socialismo. Pero muchos recordamos cómo eran los equipos de fútbol de los países del socialismo real: sus jugadores eran nobles en la cancha, percibían un salario normal, y una vez que acababan su etapa deportiva retornaban a su trabajo. Eran estrellas y eran muy admirados. Pero no se enriquecían ni vivían como reyes a costa de explotar las necesidades e ilusiones de las grandes masas.

23 jun 2009

Experimento sobre la obediencia a la autoridad de Stanley Milgram


Stanley Milgram diseñó esta investigación como consecuencia de la inquietud que le produjo la que había llevado a cabo, unos años antes, un psicólogo social, S. Asch, sobre presión grupal. Asch encontró una significativa conformidad en los sujetos ya que elegían la respuesta incorrecta (a pesar de darse cuenta del error) por imitar a la mayoría (cómplices del experimentador que cometían el error con premeditación). Los sujetos que elegían la respuesta correcta, desviándose así de la elección de la mayoría, se sentían molestos y "en evidencia".

Stanley Milgram pretendía medir la obediencia a la autoridad y captar la esencia de la atitud obediente y voluntaria. Naturalmente tuvo que disfrazar el verdadero objetivo del estudio y lo presentó como una investigación que medía los efectos del castigo sobre el aprendizaje.

El primer paso consistió en colocar un anuncio en la prensa local, ofreciendo una paga de 4 dólares, más gastos de viaje, a 500 personas que cumplieran el requisito de tener una edad comprendida entre 20 y 50 años. No había ninguna otra exigencia. La autoridad aquí estaba representada por la Universidad de Yale y ésta, a su vez, por el experimentador, un caterático serio y distante que sería quien diera las instrucciones (órdenes) a los/as alumnos/as.

Al voluntario se le instruía sobre el castigo que debía aplicar aun sujeto (un contable, rechoncho y amable) que se encontraba en otra habitación, sentado sobre una silla conectada a un generador eléctrico. Tenía sobre su brazo colocado un electrodo y recibiría descargas eléctricas cada vez que se equivocase. El voltaje oscilaba entre 14 y 450 voltios y el experimentador informaba que, aunque las descargar pudieran llegar a ser dolorosas, en ningún caso podrían ocasionar la muerte.

Iniciado el experimento, el sujeto que hacía las veces de profesor/a, debía apretar el pulsador (en total tenía ante sí 30 pulsadores) cada vez que el alumno se equivocaba, provocándole así una descarga eléctrica. Las primeras eran ligeras pero, una vez alcanzados los 120 voltios, el alumno comenzaba a gritar hasta el punto de pedir que lo sacaran de allí. A los 270 el quejido a era agónico.

Cuando los voluntarios/as que hacían de profesor/a dudaban y preguntaban al experimentador sobre si podían abandonar su puesto, el experimentador les urgía, con seguridad, a seguir. El resultado fue que la mayoría (alrededor del 63%) de los sujetos-profesores/as, llegó hasta el final, es decir, a descargar 450 voltios a una persona con el pretexto de ser castigada. En el transcurso de las pruebas, las reacciones de estos sujetos variaban. Iban desde las risas nerviosas hasta la crispación, temblores y otras reacciones que convertían a las personas, ciertamente presentables del principio, en unos desechos humanos. Pero, a pesar de encontrarse en esta situación, continuaban (más de la mitad de la muestra) en su puesto, haciendo lo que se esperaba de ellos/as. Obedeciendo.

Finalizados los experimentos, se informaba a los/as voluntarios/as de que no se dieron, en ningún momento, descargas reales al alumno y que ést era cómplice del experimentador.

Como es de suponer, fue grande la sorpresa de la comunidad científica ante los resultados encontrados por Milgram. Las críticas se multiplicaron, tanto por posibles fallos en el diseño experimental como por la falta de ética que se desprendía de la situación humillante a la que se sometía a los/as voluntarios/as. Aún así, el experimento fue replicado en Europa y Australia, encontrándose porcentajes todavía más elevados de obediencia al experimentador, hasta alcanzar en algunos casos el 80%.

A pesar del gran revuelo social y el hondo pesimismo sobre la naturaleza humana que se desprendía de este estudio, Milgram publicó sus resultados y las conclusiones más significativas se describen a continuación.

CONCLUSIONES:

1) Cuando el sujeto obedece a los dictados de la autoridad, su conciencia deja de funcionar.

2) Cuando el sujeto obedece órdenes, se produce una abdicación de la responsabilidad.

3) Los sujetos obedecen con mayor facilidad cuanto menos han contactado con la víctima y cuanto más lejos se hallan, físicamente, de la misma.

4) Los sujetos con personalidad autoritaria resultan más obedientes que los no autoritarios (clasificados así tras responder a un test de tendencias fascistas).

5) Cuanto más cerca está la autoridad, físicamente, se obedece más fácilmente.

6) A mayor nivel de formación, menor intimidación produce la autoridad, por lo que se produce una disminución de la obediencia.

7) Mayor propensión a obedecer entre las personas que han pertenecido a las Fuerzas Armadas o instituciones similares, donde es importante la disciplina.

8) No hay diferencias significativas entre hombres y mujeres, si bien las mujeres obedientes se ponen más nerviosas que los hombres obedientes.

9) El sujeto tiende a encontrar autojustificaciones a sus actos inexplicables.

21 jun 2009

¿Por qué obedecemos a la autoriad?

La obediencia a la autoridad es un tema sugerente para la Psicología, no sólo por la influencia que tiene en la vida individual de las personas, sino también por su calado en la organización de la estructura social, legitimada, y que está en la base de las relaciones sociales estables.
Sabido es que la obediencia a la autoridad está basada en el Principio de Jerarquía que ha sido exaltado, prioritaria y constantemente, en nuestra cultura porque es uno de sus pilares. Si no se respetase este principio sería difícil que funcionase una sociedad entendida como eficiente según los parámetros actuales del sistema. Esto en un plano general, pero también a un nivel más concreto, el de los individuos, es la obediencia a la autoridad la que permite una buena protección al sujeto. El muy socorrido "obedecía órdenes" protege de responsabilidades y disfraza de "sentido del deber" a posibles impulsos sádicos.
Mucho se ha escrito y debatido sobre el por qué la persona obedece aunque ese acto la sitúe en contra de sus principios éticos o de sus intereses. Un amplio abanico de respuestas se perfilan desde las más diversas disciplinas, pero aquí nos ceñiremos a la de la Psicología preferentemente. Desde la Psicología Profunda, por ejemplo, encontramos sugerentes reflexiones que concluyen que la causa de la obediencia está en el miedo. Miedo a ejercer la libertad y miedo a la soledad.
Desde la Psicología conductista se observa que la obediencia es la conducta más reforzada desde la más tierna infancia. En cambio, la desobediencia es la más castigada. Esta situación resulta muy cómoda para toda autoridad pero disminuye la capacidad de independencia (o espíritu crítico) del sujeto, quien resulta limitado para su futura vida adulta.
El enfoque de la Psicología Cognitiva pone el acento en las ideas irracionales (creencias erróneas o, al menos, no demostradas) consecuentes al sentimiento de culpa derivado del continuo castigo.
Todas estas respuetas discurren en el terreno de los psicológico pero también hay tesis biologicistas. Estas teorías consideran la obediencia a la autoridad como una predisposición determinada genéticamente, si bien hay general consenso en cuanto a que siempre, junto a la herencia biológica, hay participación del aprendizaje en toda conducta. Desde aquel efoque, determinista, se alzan algunas voces que proclaman la bondad de la obediencia por considerar que ha sido favorecida por la selección natural, (dada su utilidad para la preservación de la especie).
MERCEDES SANTOS, psicóloga miembro de Sodepau.

19 jun 2009

Juventud sin ideal se arrastra por la vida


Cada cierto tiempo, inexorablemente, alguien sale a la palestra a rasgarse las vestiduras en tono indignado: "¡Estos jóvenes de hoy, hay que ver, que no hacen más que drogarse y ver la tele! ¡Que no tienen principios ni metas y no respetan nada, los jodíos! ¡Cómo son, éstos jóvenes!"
Desde luego que hay que ser muy cínico o muy gilipollas. A ver, señor de cuarenta que se sienta a ver los toros desde la barrera, entérese: estos jóvenes son hijos suyos. De su mujer y usted, de su hermana y su cuñado, de esa pareja tan simpática que vive en el tercero y que tiene un caniche y un Ford Focus. Haga el favor de no tratarnos como delincuentes.
El porqué alguien es como es no es fácil de determinar. El desvergonzado y pasota joven de hoy, ¿nace o se hace? En este caso la respuesta es sencilla, pues nos estamos refiriendo a un conjunto bastante numeroso. Descartando por altamente improbable que se haya producido una mutación genética espontánea, global y simultánea en unos cuantos millones de individuos, no nos queda más remedio que aceptar que los jóvenes de hoy son producto del entorno. Y el entorno, querido amigo, es obra de usted. Esta nueva generación evidencia violentamente el fracaso de la suya.
Y es que tuvo usted la oportunidad de cambiar drásticamente el entorno cuando acabó la dictadura, y la desaprovechó. Siendo objetivos hay que decir que, en fin, pudo haber sido mucho peor. Aceptamos pulpo. Pero ahora se me ha aburguesado usted, amigo. Se ha vendido. Cuando se les quitó el poder para devolvérselo a la gente, a los poderosos ya sólo les quedó dinero. El poder pasó a ser público, y durante un tiempo no se vivió mal. Fueron buenos años: sindicatos fuertes, empleos estables, viviendas asequibles, educación de calidad. Dignidad, palabras claras, ideas claras, poco eufemismo, nada de absurda corrección política.
Los ex poderosos querían comprar el poder al pueblo y una y otra vez se les decía que no, que no estaba en venta. Fue esa firmeza de principios la que evitó por un tiempo que el dinero otorgase poder.
Todo el mundo tiene un precio, dicen. No sé si todos, pero desde luego, muchos. Cuando ya no se puede sostener por las armas esa jerarquía social de dos niveles en la que los cuatro de arriba mandan y los millones de abajo son esclavos, la única forma de seguir estando arriba es construir una jerarquía piramidal.
En esta estructura a cada esclavo se le conceden otros dos esclavos. Y ésta no hace falta sostenerla con armas: se edifica lentamente sobre los sólidos cimientos de la estupidez y el egoísmo humanos. Todos son esclavos pero se creen señores. Que le pregunten a ese fascistoide jefecillo de sección que trabaja catorce horas, o a ese pequeño explotador con bigote y maletín que vende tornillos baratos a una gran constructora y que ya ha tenido dos infartos. Son estafados por los de arriba y procuran recuperar pérdidas estafando a los de abajo. Todos pierden.
Ese sindicalista que vendió a la empresa los derechos de aquellos a los que decía representar, ese profesor que incrementó el número de matriculados de su asignatura a base de suspensos para conseguir una ampliación del presupuesto departamental, ese alcalde que concedió el permiso de obra a cambio de una suculenta comisión, ese político que cambió la ley para sentarse a la derecha del gran hermano, estos individuos y esos muchos otros que vieron lo que estaba sucediendo y cobardemente enterraron la cabeza en la arena, todos ellos han ayudado a construir la pirámide.
Han traicionado a la sociedad, y todo a cambio de unas migajas. Un monovolumen, un jacuzzi, un sofá con masaje o una televisión de plasma. Pero, por supuesto, se declaran inocentes. Algunos hasta se creen inocentes. “Cualquier tiempo pasado fue peor”, “este sistema es el menos malo”. “Es el más acorde con la condición humana”, dicen, creyendo, como el mal ladrón, que todos son de su condición. El conjunto de excusas a la traición es una enorme farsa indigerible. España va bien, pero cada vez se vive peor. Ellos, sentados en su sillón con masaje, ignoran la viga en el ojo y se sorprenden y se preguntan qué les pasa a los jóvenes.

Pues les pasa que sus almas están presas en una trampa y eso les duele, y nadie parece comprenderles. Que sus instintos gritan a una razón que ha sido estupidizada. Que están cabreados y no pueden articularlo porque ciertas palabras están prohibidas. A los jóvenes de hoy no les importa nada porque nadie les enseña nada que de verdad valga la pena. Los jóvenes de hoy no tienen metas porque ya no quedan metas. Viven en una triste farsa y no tienen sueños a los que aferrarse. A los jóvenes de hoy se les vende esta mierda de realidad con tan bonitos eufemismos que no pueden entender porque no son felices. Los jóvenes de hoy no se drogan, se automedican una depresión tan profunda que ni siquiera son conscientes de ella.

Yo conservo la esperanza de que las cosas cambien, pero aún queda mucho por hacer y llevará muchísimo tiempo. Hay que despegarse de la tele de plasma y mirar por la ventana, hay que recobrar la cordura, recuperar las energías, las metas, la voluntad. Hay que asumir los errores, predicar con el ejemplo, recuperar las ganas de un mundo mejor.
Así que, señor de cuarenta que se rasga las vestiduras, tiene usted dos opciones: o ponerse manos a la obra a tratar de arreglar el desastre, o seguir chupando de la sopa boba atrincherado en su cinismo. Si opta usted por la segunda opción, al menos háganos un favor y cállese la puta boca.